La buceada de la vergüenza



En el imaginario colectivo [1] la narcosis es un concepto que decimos respetar y con el cual hostigamos reiteradamente a compañeros y estudiantes. Pero seamos honestos, por lo general nosotros mismos no le prestamos la atención que nuestros consejos y recomendaciones requerirían de nuestra parte [2]. Al menos hasta que se nos presenta un percance real que la involucra. No me diga que no; yo se que si.

La propia idea de la narcosis como un efecto de embriaguez es tremendamente infeliz, desde el punto de vista de la seriedad que el tema se merece. La gente maneja con un par de copas de alcohol arriba; ¿me va a decir que la mayoría de ellos va a tomar precauciones especiales por la narcosis durante una buceada? Hasta muchas de las historias que cuentan sobre ella, ya sea por haberla sufrido o haberla observado en algún tercero, tienden a tener un dejo a aventura, a haber sido víctimas de algo, y no culpables de omisión. Nada más desafortunado.

Si estuviéramos en un encuentro de Narcóticos Anónimos [4], cada uno de nosotros comenzaría a contar sus miserias en este tema, sin vanagloriarse, expresando por sobre todas las cosas vergüenza y arrepentimiento. Tengamos claro que una vez que hayamos caído bajo los efectos de la narcosis solamente tenemos dos posibles desenlaces. El primero, el más común, es ascender, tranquilizarse, resolver lo que tengamos que resolver y continuar con nuestra existencia. El otro, que se da cuando la narcosis nos mete en serios problemas que requieren de nuestro mejor desempeño para solucionar, es vivir con la ella por el resto de nuestras vidas, que sin duda será de tan solo unos cuantos minutos. Si, dependiendo de la situación en la que nos encontremos, la narcosis puede llegar a ser verdaderamente problemática.

Sufrir los efectos de la narcosis, hoy día, con la gran cantidad de información a ese respecto que tenemos a nuestro alcance, es una falta imperdonable. No importa si su habilidad en lo referente a la flotabilidad es asombrosa, o si bucea profundos naufragios, oscuras cuevas o se aventura con enormes tiburones que asusten a la gran mayoría de quienes vean sus muy coloridos video clips. El no prestarle a la narcosis la atención necesaria que el tipo de buceada que realiza merece, es señal de falta de experiencia. Esa era mi realidad, dentro de la mediocridad que me caracterizaba [5].

Tal vez al igual que usted, por mucho tiempo pensé que tanta alharaca por la narcosis era pura exageración. Después de todo, si algo se soluciona con ascender unos pocos metros o pies, no puede ser algo taaaan peligroso. Me cansé de decir una y otra vez que sin duda es un tema importante pero que hasta ese momento no había sufrido sus efectos en carne propia. Estaba equivocado. Cuando comencé a agregarle helio a la mezcla descubrí rápidamente que el pasado había sido víctima de la narcosis muchas pero muchas veces y que simplemente no lo había notado. Mirando hacia atrás me pregunto a mi mismo cómo pudo suceder; los síntomas estaban allí, ahora los reconozco, la teoría la tenía en la cabeza, ¿cómo no saqué las conclusiones correctas? [5]

A los golpes se aprende. Lamentablemente para mi, el haber comprendido que la narcosis era muy pero muy real, y que la solución estaba al alcance de mi mano, no fue suficiente. Mucho tiempo después de haber tomado verdadera conciencia de ella, aún continuaba siendo corto de vista con respecto al conjunto de factores que en ella intervenían. La atribuía fundamentalmente a una cuestión de profundidad. Al mismo tiempo le restaba un poco de importancia al hecho de que la edad [6] y el cansancio físico [7], sobre todo cuando ambos se combinan, juegan un rol importante en su aparición. Después de todo siempre me consideré una persona fuerte, y no iba a considerar al cansancio como un impedimento [5]. Hasta que pasó lo que tenía que pasar y en una buceada, cansado y sin haber dormir adecuadamente la noche anterior, mi instinto de supervivencia se apagó por completo.

Tuve la suerte de que se trataba de una inmersión bastante sencilla, sin descompresión obligatoria, sin penetración, poco profunda, en aguas cálidas y luminosas. Durante la misma, estaba perfectamente consciente de que el gas se me estaba acabando. Una y otra vez veía la aguja del manómetro descender, descender mas, y seguir descendiendo. Era perfectamente consciente del hecho de que me estaba quedando sin gas para respirar, pero por extraño que parezca nunca se me pasó por la mente la necesidad de comenzar el ascenso. No tomé conciencia de estar sufriendo algún efecto narcótico, para mi todo estaba perfecto conmigo. Hasta que pasó lo que tenía que pasar: me quedé sin aire [8] [9].

Afortunadamente no pasó a mayores. Pero no fue gracias a mi atención previa a las posible aparición de los efectos de la narcosis. Cuando miro hacia atrás en lo que respecta a mi actuación como buzo, esa es mi buceada de la vergüenza. ¿Cuál es la suya?



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[1] De los buceadores, obviamente.
[2] Tal vez usted lo haga, no quiero ponerlo en duda [3], pero la mayoría de nosotros no lo hace.
[3] Mentira, estoy siendo asquerosamente diplomático al extremo. Soy un convencido de que en este aspecto todos pecamos por igual, con las únicas posibles y raras excepciones de aquellos quienes directa o indirectamente estén vinculados, por fuera del buceo, a temas o actividades relativas a la salud en general y medicina hiperbárica en particular.
[4] No, no existe tal cosa, aún.
[5] Tal vez aún lo sea (un buceador mediocre). Porque ése es el problema con los mediocres, no sabemos que lo somos.
[6] Cinco décadas no es lo mismo que 20 años. Se nota, se siente, y es necesario actuar en consecuencia.
[7] Tal vez sea una cuestión de ese comportamiento que me gusta llamar “a lo macho”, que nos nubla la visión con respecto a aceptar que uno está cansado o que tal vez no sería bueno hacer tal cosa en tal momento dado que uno puede estar cansado o fuera de forma. También podría llamársele lisa y llanamente estupidez.
[8] En ese momento cambié a mi botella redundadante (Pony, como la llamamos por estos lugares) y ascendí.
[9] En esa oportunidad no fui el único; a un compañero con el cual habíamos manejado toda la noche para llegar al sitio de buceo le sucedió exactamente lo mismo, en la misma buceada, la primera de la mañana. Ese es el factor decisivo en culpar a la narcosis del evento (y no atribuirlo exclusivamente a mi estupidez).